"Tenemos que volver" le dice Jack a Kate, en la escena siguiente es Sawyer el que le dice a Juliet que lo hecho, hecho está. Pero esta sucesión de imágenes, este sueño apaisajado queda relegado al olvido cuando suena el despertador. Son las siete de la mañana y no puedes llegar tarde a la entrevista de trabajo, va tu futuro en ello. Remoloneas aún en la cama con la esperanza de que el tiempo se detenga, ya son las 7.02, hora de levantarse.
Una ducha rápida, un café con hielo y un cruasán componen tu desayuno, aún con la toalla en la cintura observas el traje negro, con camisa blanca y corbata roja, zapatos con betún al máximo. Todo el engranaje se desarrolla con precisión suiza, tiene que salir perfecto.
Sales a la calle y te dispones a coger el metro hasta la estación de tren, al llegar a Sants haces transbordo para coger el tren, la gente viene y va en el vestíbulo, nadie conoce a nadie, todo el mundo tiene prisa por llegar a un lugar del que es muy probable que tenga prisa por irse. Al bajar por las escaleras mecánicas hay un tren en la vía, dudas entre cogerlo o no, te sirven todos, todos paran en tu destino, pero tu destino sólo estará en uno de ellos. Pasas de cogerlo, ya vendrá otro y habrá menos gente, te dices.
En efecto, al cabo de cinco minutos otro tren con destinación Blanes aparecía por mi derecha. En el vagón me gusta situarme al final, para poder observar a la prole, como la gente se aparta para que otro se siente, como nadie cede el sitio, como los niñatos ponen el pie en el asiento de enfrente y como hay miradas maleducadas dirigidas a las chicas por parte del sector masculino.
En Plaza Catalunya, se sube más gente de la que baja, y de repente aparece ella. Metro setenta, larga cabellera rubia que cae hasta media espalda, botas marrones, vaqueros por dentro, chaleco marrón a juego con las botas, camisa blanca a juego con el cinturón, perfectamente conjuntada. Me miras, te miro, nos miramos. La cara de sorpresa de ambos no tiene precio.
Nos aproximamos con parsimonia sin dejar que nuestras miradas se pierdan por el vacío, no sea que en un descuido nos perdamos nosotros también. Que bien te trata la vida, me cuentas que has sido princesa en un cuento, a lo que yo respondo que también fui un rey destronado. La megafonía anuncia la llegada a la próxima parada, Arc de triomf, es la mía, tengo que llegar a mi entrevista no?
jueves, 19 de marzo de 2009
domingo, 8 de febrero de 2009
Todas las mujeres se llaman...
Nada más entrar por la puerta oteó el horizonte en busca de algo o de alguien que le alegrará la noche, estaba taciturno, ensimismado, más pendiente de lo que puedo haber sido que de lo que estaba dejando escapar, pero de repente giró la cabeza y allí estaba ella. Tras la barra se alzaba cual sílfide y mostraba su desparpajo sirviendo copas. Mostraba su belleza natural, aposentada en su recogido pelo rubio, con unos ojos azul averdosados rodeados por una línea negra finísima que acompañaban a su habitual sonrisa, todo ello conjuntado con una camisa roja y un chaleco azul vaquero, hacían de aquella estampa lo más espectacular de la noche.
La había reconocido al instante, era aquella chica que un año atrás había puesto sal y pimienta en esa noche tan fría de la meseta ibérica, esa chica que sobresalía en la fiesta por encima del resto y de la que, haciendo acopio de todo su valor, se había puesto a hablar con ella. Hablaron de lo eterno y efímero, de lo trascendente y lo mundano, de lo espiritual y lo material, hablaron de sus vidas, ella le contó que tenía una hermana gemela en Málaga y que estaba estudiando no sé que carrera, le daba igual, era un dato que no le ayudaría a salir del pozo en el que le habían metido sus ojos azules. De repente la chica desapareció, y las únicas referencias que consiguió de ella eran su cara y una exigua explicación que le proporcionó su primo, el cual le cercioró que tal hermana gemela no existía y le confirmo que había sido objeto de mofa o burla.
Pero aquella noche, pocos días después de noche vieja, sus caminos se cruzaron otra vez, él disimulo no haberla reconocido, pensando que ella tendría caras mucho más importantes de las que acordarse que la suya, pero cual fue su sorpresa cuando su primo ser acercó a pedir a la barra y obtuvo una reprimenda por parte de la camarera acerca de lo soso que había resultado aquel chico de aquella noche fría de noviembre, en la que se conocieron. Ni siquiera la había reconocido, ni le había felicitado el año nuevo. Ese simple gesto, ese detalle endiablado, le cambió por completo la concepción de la noche, pasando de olvidable a recordable.
Como niño en pañales, se acercó a la barra e indicó que no había olvidado su enorme belleza y que tenía muy presente su encuentro nocturno. Se dieron dos besos de cortesía, y él le preguntó por su hermana a lo que ella respondió que se encontraba bien en Málaga. No volvieron a cruzar palabra en toda la noche, en cambio no pararon de lanzarse miradas maleducadas.
Al alba, en la vuelta a casa, quisó indagar acerca de la desconocida, y le preguntó a su primo cual era su nombre, a lo que el primo respondió "Se llama como todas las mujeres..." Esa noche ella no había olvidado su cara y él se acordaría por siempre de dos cosas, de su cara, y de su nombre, Cristina.
La había reconocido al instante, era aquella chica que un año atrás había puesto sal y pimienta en esa noche tan fría de la meseta ibérica, esa chica que sobresalía en la fiesta por encima del resto y de la que, haciendo acopio de todo su valor, se había puesto a hablar con ella. Hablaron de lo eterno y efímero, de lo trascendente y lo mundano, de lo espiritual y lo material, hablaron de sus vidas, ella le contó que tenía una hermana gemela en Málaga y que estaba estudiando no sé que carrera, le daba igual, era un dato que no le ayudaría a salir del pozo en el que le habían metido sus ojos azules. De repente la chica desapareció, y las únicas referencias que consiguió de ella eran su cara y una exigua explicación que le proporcionó su primo, el cual le cercioró que tal hermana gemela no existía y le confirmo que había sido objeto de mofa o burla.
Pero aquella noche, pocos días después de noche vieja, sus caminos se cruzaron otra vez, él disimulo no haberla reconocido, pensando que ella tendría caras mucho más importantes de las que acordarse que la suya, pero cual fue su sorpresa cuando su primo ser acercó a pedir a la barra y obtuvo una reprimenda por parte de la camarera acerca de lo soso que había resultado aquel chico de aquella noche fría de noviembre, en la que se conocieron. Ni siquiera la había reconocido, ni le había felicitado el año nuevo. Ese simple gesto, ese detalle endiablado, le cambió por completo la concepción de la noche, pasando de olvidable a recordable.
Como niño en pañales, se acercó a la barra e indicó que no había olvidado su enorme belleza y que tenía muy presente su encuentro nocturno. Se dieron dos besos de cortesía, y él le preguntó por su hermana a lo que ella respondió que se encontraba bien en Málaga. No volvieron a cruzar palabra en toda la noche, en cambio no pararon de lanzarse miradas maleducadas.
Al alba, en la vuelta a casa, quisó indagar acerca de la desconocida, y le preguntó a su primo cual era su nombre, a lo que el primo respondió "Se llama como todas las mujeres..." Esa noche ella no había olvidado su cara y él se acordaría por siempre de dos cosas, de su cara, y de su nombre, Cristina.
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