El pitido de que se van a cerrar las puertas del tren despertó su atención que por un momento se había quedado transpuesto pensando en lo fácil que había sido encontrarse después de tanto tiempo. Con un simple mensaje indicando la hora ya era suficiente, el lugar era de sobra conocidos por ambos.
Miraba su reloj sin cesar y en cambio era incapaz de saber la hora que era,se sentía como el conejo blanco, la sensación que tenia es que llegaba tarde y no podía, no quería, necesitaba ser el primero para darse el gustazo de esperar, de esperarla.
Nada más salir a la superficie sus ojos ya buscaban la posición de antaño, ese cuadrado imaginario que no pertenecía a la vía publica, sino que era propiedad privada de sus momentos, de sus reencuentros más amargos, de sus despedidas más dulces. Había llegado tarde, pero no tuvo sentimiento de culpa, ya que en menos de un suspiro sus cuerpos se fundían en uno gracias a un abrazo que había estado esperando por más de dos años.
Ella no había cambiado nada, ojos grandes y marrones, su cabello de oro ondeaba con el viento y dejaba entrever sus hermosas orejas, era algo que siempre le había llamado la atención. Iba vestida con unas botas grises, un pantalón vaquero, y un jersey gris a juego con las botas, alrededor del cuello llevaba una bufanda blanca que se posaba con tranquilidad encima de su chaqueta roja tan llamativa, tan inadvertida.
Sus pies iniciaron el camino de siempre, era como si el tiempo no hubiese pasado. Había tantos datos para actualizar que eran incapaces de ordenarlos todos, los datos más recientes dejaban paso a los antiguos y en una conversación atropellada por vestigios del pasado el tiempo parecía no pasar nunca.
Siguieron hasta encontrarse ante una multitud que observaba a un hombre con andrajosos harapos pero con un sombrero altísimo, estampado con colores la mar de vistosos. El sombrerero no paraba quieto, de repente, sacó una trompeta y comenzó a tocar una melodía preciosa que logro dibujar una sonrisa en su cara. Sintió la necesidad de darle algo a cambio a ese hombre, le había dado un momento de felicidad pero solo tenia una moneda en su bolsillo. ¿Cuanto valía una sonrisa para él?¿Cuanto valía la felicidad y las millones de sonrisas que ella le había proporcionado? Se acercó con sigilo y le dio la moneda al sombrerero, diciéndole al mismo tiempo que lo sentía mucho, que no tenía más dinero, a lo que el vagabundo respondió con un "Tranquilo, sé feliz".
El paseo por las calles del medievo era algo espectacular, algo que había practicado en solitario pero que no tenía la misma frescura y vitalidad que si lo realizaba en su compañía. En estas ocasiones no era pasear por sus calles sin más, era disfrutar de ellas, vivir las, apasionarte de sus rincones y de sus errores, sumergirte en su adoquinado y deleitarte de estar en un laberinto sin mayor salida que la de encontrar un rincón para el recuerdo.
Ya había anochecido cuando llegaron a la plaza donde se amontonaban los barres y la gente disfrutaba de los pocos bancos en buenas condiciones. Había algo en el suelo que llamó la atencion de ella, era una carta, un naipe, se agachó para cogerlo, al darle la vuelta vio que era la reina de corazones, no era su naipe favorito, pero le había hecho gracia. Él se sacó la mano del bolsillo para mirar la hora,esta vez con atención para no tener que repetir la operación, al mirar el reloj se dio cuenta de que no tenía agujas, de que ella no estaba y de que ya era hora de despertar del sueño.
domingo, 24 de enero de 2010
domingo, 15 de noviembre de 2009
Agallas avergonzadas
Tengo que estudiar para el examen de estadística de mañana, será mejor que vaya a la biblioteca y allí nadie me molestará y podré concentrarme.- Al llegar a la biblioteca anduvo unos pasos por el pasillo central y se sentó en la primera mesa de su izquierda, no era un buen lugar ya que por allí solía pasar mucha gente, pero era la única mesa que estaba completamente libre.
Después de un rato de desesperante estudio era bien merecido un descanso para reponer fuerzas y por qué no para relajarse un rato. Se fue hacia el bar y se tomo su zumo de piña habitual, de vuelta al lugar del suplicio se auto exponía lo que tenia que estudiar para aprobar aquel examen, debería darle mucha mas caña en el tiempo que le quedaba. Cuando se puso el en pasillo ya observo que alguien había profanado su mesa, y eso que había dejado tiradas sus cosas por encima en señal evidente de ocupación. Era un chico, normal, rubio, blanquecino, con una camiseta verde y una chaqueta con capucha gris y rayas horizontales marrones, llevaba gafas de color negro que no hacían más que contrastar con la tez de su piel y potenciar sus ojos azules.
¿Que hace este tío aquí? ¿acaso no ha visto mis cosas encima de la mesa? Cuando me siente haré como si no existiera y seguiré con mi estudio, voy a poner cara seria para que vea que no me gusta nada compartir mesa. Que ojos más bonitos tiene, pero no debo distraerme tengo que seguir estudiando, le voy a mirar otra vez, ¡uy! me ha visto como le miraba, pero ha agachado rápido su mirada, eso es qué es tímido. Le podría decir algo para entablar conversación, pero a saber que clase de tipo es, no, será mejor que no me meta en líos, aunque despierta mi curiosidad...Bueno esperaré a que él me diga algo y entonces ya le seguiré el rollo.
Iré a la biblioteca y me quito el trabajo de encima, así ya lo tengo hecho para el próximo día y no me preocupo más, supongo que me dará tiempo de hacerlo antes de las seis y media.- Entró en la biblioteca y comenzó a recorrer el pasillo. Esta mesa está bien, aunque parece que está ocupada pero hay sitio para mi, no necesito mucho espacio.- pasaron unos minutos - Ojo con la chica que viene por ahí, no está mal. Parece un poco más alta que yo, cosa no muy rara. Botas negras con pantalón negro y camisa negra, tez horneada al sol el tiempo exacto, menos mal, sino parecería gótica con tanto negro, gafas del mismo color para no desentonar, incluso su cabello ondulado, que cae hasta poco más de los hombros, es de color azabache. Lleva un pendiente en el orifico izquierdo de su nariz, me gusta. Ella y el piercing.
No hay que dejarse embelesar, tengo que hacer mi trabajo. Venga esto por aquí, aquello por allá, y ella ¿que hace? eso es estadística dos, ¡ups! me ha pillado mirando sus cosas, joder vaya mirada me ha clavado. Me atrae esta tía, debería decirle algo, pero algo gracioso, divertido, irónico, que no le haya dicho ningún tío antes, que me haga sobresalir por encima del resto. Otra mirada maleducada, ya van dos, piensa rápido. Ya he acabado el trabajo, me voy, pero tendría que decirle algo, ¿un café? no, es algo muy tonto. Me estoy levantando y recogiendo mis cosas, ¿por qué hago esto si quiero quedarme hablando con ella?
Mis pies empiezan a caminar, me voy alejando de la chica de negro, debería dejarme de paparruchas y decirle que me ha gustado al verla, que no se me ocurre ninguna frase irónica, divertida y graciosa para entrarle pero que estaría encantado de poder compartir unas palabras y un café con ella. Lástima que ya estoy fuera de la biblioteca y que me han faltado agallas para quedarme y decírselo, he tenido miedo escénico, la vergüenza aliada con mis pies ha ganado el combate a las agallas de mi imaginación. Ahora solo me queda lamentar lo que pudo haber sido y no fue.
Después de un rato de desesperante estudio era bien merecido un descanso para reponer fuerzas y por qué no para relajarse un rato. Se fue hacia el bar y se tomo su zumo de piña habitual, de vuelta al lugar del suplicio se auto exponía lo que tenia que estudiar para aprobar aquel examen, debería darle mucha mas caña en el tiempo que le quedaba. Cuando se puso el en pasillo ya observo que alguien había profanado su mesa, y eso que había dejado tiradas sus cosas por encima en señal evidente de ocupación. Era un chico, normal, rubio, blanquecino, con una camiseta verde y una chaqueta con capucha gris y rayas horizontales marrones, llevaba gafas de color negro que no hacían más que contrastar con la tez de su piel y potenciar sus ojos azules.
¿Que hace este tío aquí? ¿acaso no ha visto mis cosas encima de la mesa? Cuando me siente haré como si no existiera y seguiré con mi estudio, voy a poner cara seria para que vea que no me gusta nada compartir mesa. Que ojos más bonitos tiene, pero no debo distraerme tengo que seguir estudiando, le voy a mirar otra vez, ¡uy! me ha visto como le miraba, pero ha agachado rápido su mirada, eso es qué es tímido. Le podría decir algo para entablar conversación, pero a saber que clase de tipo es, no, será mejor que no me meta en líos, aunque despierta mi curiosidad...Bueno esperaré a que él me diga algo y entonces ya le seguiré el rollo.
Iré a la biblioteca y me quito el trabajo de encima, así ya lo tengo hecho para el próximo día y no me preocupo más, supongo que me dará tiempo de hacerlo antes de las seis y media.- Entró en la biblioteca y comenzó a recorrer el pasillo. Esta mesa está bien, aunque parece que está ocupada pero hay sitio para mi, no necesito mucho espacio.- pasaron unos minutos - Ojo con la chica que viene por ahí, no está mal. Parece un poco más alta que yo, cosa no muy rara. Botas negras con pantalón negro y camisa negra, tez horneada al sol el tiempo exacto, menos mal, sino parecería gótica con tanto negro, gafas del mismo color para no desentonar, incluso su cabello ondulado, que cae hasta poco más de los hombros, es de color azabache. Lleva un pendiente en el orifico izquierdo de su nariz, me gusta. Ella y el piercing.
No hay que dejarse embelesar, tengo que hacer mi trabajo. Venga esto por aquí, aquello por allá, y ella ¿que hace? eso es estadística dos, ¡ups! me ha pillado mirando sus cosas, joder vaya mirada me ha clavado. Me atrae esta tía, debería decirle algo, pero algo gracioso, divertido, irónico, que no le haya dicho ningún tío antes, que me haga sobresalir por encima del resto. Otra mirada maleducada, ya van dos, piensa rápido. Ya he acabado el trabajo, me voy, pero tendría que decirle algo, ¿un café? no, es algo muy tonto. Me estoy levantando y recogiendo mis cosas, ¿por qué hago esto si quiero quedarme hablando con ella?
Mis pies empiezan a caminar, me voy alejando de la chica de negro, debería dejarme de paparruchas y decirle que me ha gustado al verla, que no se me ocurre ninguna frase irónica, divertida y graciosa para entrarle pero que estaría encantado de poder compartir unas palabras y un café con ella. Lástima que ya estoy fuera de la biblioteca y que me han faltado agallas para quedarme y decírselo, he tenido miedo escénico, la vergüenza aliada con mis pies ha ganado el combate a las agallas de mi imaginación. Ahora solo me queda lamentar lo que pudo haber sido y no fue.
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